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Artículo
Dialogar para prevenir. Una condición necesaria |
Eulalia Alemany Ripoll
Jefa del Departamento de Prevención de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción. |
Hoy en día existe un amplio consenso acerca de la naturaleza cambiante y dinámica del fenómeno de las drogodependencias. Todos los análisis de que se dispone desde hace varios años (Comas, 1994; Cembranos y otros, 1995; Gamella, 1997; Plan Nacional Sobre Drogas, 1997; Instituto de la Juventud, 1997; Aguinaga y Comas, 1997; CEAPA, 1998; Bobes y otros, 1998) señalan que hay un importante cambio en los usos de drogas de la población juvenil: cambios en las sustancias más frecuentemente consumidas, cambios en los patrones de uso, cambios en los perfiles de los usuarios de estas drogas, cambios en el sentido del consumo y cambios en los comportamientos que están asociados al uso de sustancias.
Este panorama supone una importante situación de riesgo que debe abordarse preventivamente. Mucho más si lo que lo define parece ser una "normalización" de los consumos, que aparecen banalizados y se relacionan con formas de vida muy extendidas. Las drogas ya no producen alarma social con la misma intensidad que hace una década; se ha perdido en cierta medida el sentido de la peligrosidad, su consumo está claramente asociado al ocio y al tiempo libre.
Una primera reflexión sobre este fenómeno nos lleva a plantearnos la necesidad de adaptar nuestras estrategias de trabajo a los nuevos retos a los que nos enfrentamos. Esta situación exige una información, una orientación, una estimulación a la reflexión, una discriminación de riesgos y una promoción de alternativas que tienen que ser respondidas con urgencia sin que, hasta estos momentos, veamos que haya actuaciones específicas salvo algunas puntuales.
A lo largo de los últimos diez años, se han desarrollado una gran variedad de actuaciones en materia de prevención de los consumos de drogas.
Estas actuaciones han sido llevadas a cabo por una gran variedad de instituciones (educativas, especialistas en materia de drogas, servicios de salud, asociaciones, ONGs, etc.) desde una gran variedad de perspectivas teóricas (sanitarias, represivas, formativas, integrales, específicas, inespecíficas, etc.) dirigidas a distintos públicos (profesionales de la educación, policías, familias, periodistas, niños, adolescentes, jóvenes, etc.). Las actuaciones realizadas reflejan, sin duda, la evolución que el propio campo de la prevención ha experimentado en España (GID, 1997 sin editar).
No obstante, ahora es importante tener en cuenta los cambios que se están produciendo, los nuevos consumos y las nuevas formas de consumir, no ya por las sustancias que se consumen sino por esa generalización o por esa pérdida del concepto de riesgo. Las actuaciones en prevención deben ir dirigidas a cubrir esas mismas exigencias antes mencionadas: información, orientación, reflexión, etc.
¿Cómo podemos empezar a reflexionar sobre esta readaptación o adaptación de nuestras estrategias de prevención? En primer lugar, debemos pensar que la prevención es una acción dinámica; es decir, toda prevención lo que implica es un cambio y una modificación. Cambio que puede estar relacionado con distintas áreas o facetas tanto personales, como grupales. Con la prevención, dependiendo de qué modelo estemos utilizando, de qué factores de riesgo estemos mirando, se pueden modificar conductas, actitudes, afectos, sentimientos, valores, formas de enfrentarse a las situaciones conflictivas, se pueden cambiar las formas de relacionarse, el entorno familiar, el entorno laboral, etc. Es decir, hay muchos puntos desde donde podemos provocar el cambio.
Pero para que exista un cambio, sea de la naturaleza que sea, debe existir una comunicación. No se puede modificar ningún aspecto sin que exista una comunicación.
Para que se pueda realizar una comunicación que produzca un cambio, hay cuatro factores fundamentales que debemos tener en cuenta. Por un lado, la comunicación siempre es una comunicación de doble sentido; es decir, tiene que haber un emisor y un receptor. En segundo lugar, debe existir un canal de comunicación ya sea verbal, escrito, etc. En tercer lugar, siempre que hay comunicación debe establecieres una interacción, un intercambio. Es decir, debemos partir de la base de que existe una relación entre el emisor y el receptor. Y, en cuarto lugar, debe haber un contexto que favorezca la comunicación. Sobre estos cuatro puntos, tenemos que pararnos a pensar y reflexionar; debemos favorecerlos para que se pueda producir un diálogo.
Sin estos requisitos no podría existir un diálogo. Habitualmente, en las estrategias de prevención, las actuaciones se han caracterizado por ser creadas desde el monólogo. Es decir, son nuestros mensajes, nuestros valores, nuestros instrumentos e incluso la proyección de nuestras frustraciones o nuestros deseos, las que hemos ido utilizando a la hora de hacer estrategias de prevención.
Son los grupos de profesionales, principalmente adultos, los que deciden sobre qué modificar, cómo modificar y cuándo. El cambio se establece a partir del esquema adulto, es unidireccional.
Esta forma de enfocar la prevención incurre en tres errores fundamentales. El primero es la credibilidad, que es uno de los primeros puntos sobre los que tenemos que reflexionar acerca del trabajo con los jóvenes; si existe o no una credibilidad con nuestros mensajes. ¿Quién es el agente más eficaz para comunicarse con los jóvenes?, el que ofrece mayores garantías de que haya una credibilidad, sobre todo porque para que nuestro mensaje llegue, debemos evitar la desacreditación del mensaje.
En segundo lugar, muchas veces, los esquemas que intentamos transmitir los profesionales de la prevención están llenos de incongruencias y contradicciones en el discurso. Incluso me atrevería a decir, de hipocresía, porque no reflejamos en el discurso nuestros propios consumos o nuestras propias formas de pensar y nuestro propio rechazo. Nuestra forma de ver la problemática tendría que estar reflejada a la hora de establecer la comunicación preventiva con los jóvenes.
El tercer error tiene que ver con los conceptos del desarrollo evolutivo. La adolescencia es un período muy concreto en que los chavales tienen una forma de pensar y una forma de ver la realidad muy particular, distinta de la que tenemos los adultos. A menudo, nos olvidamos que, por el momento evolutivo en el que se encuentran, los adolescentes no son capaces de entender o de procesar del mismo modo muchos de los mensajes que los adultos vemos claros. Profundizar sobre su momento evolutivo, sobre sus características, es un requisito fundamental en cualquier intervención con los jóvenes. La adolescencia es un período vital novedoso, muy reciente en la historia de la humanidad sobre el que es necesario reflexionar para poder delimitar y comprender su imaginario social y su vivencia.
Los adolescentes y jóvenes de finales de los años 90 perciben el mundo que les rodea de manera muy diferente a la de los adultos. Podemos profundizar sobre este tema leyendo, por ejemplo, a Javier Elzo (1998) que nos hace una excelente descripción y análisis de los valores de los adolescentes españoles, en el momento actual, que nos sirve para comprender mejor la conducta de los mismos. Es importante tener en cuenta estas características y diferencias a la hora de trabajar con ellos.
El diálogo preventivo con los jóvenes no puede ser unidireccional. En estos momentos, no está establecida una comunicación de doble sentido que permita llegar con eficacia y credibilidad a los jóvenes. Por lo tanto, las estrategias de prevención tienen que ir dirigidas a provocar el discurso de los jóvenes para que este diálogo se construya. Las estrategias deben avanzar en la construcción del diálogo. Pero antes de pasar a describir alguna estrategia concreta, es importante que reflexionemos sobre los riesgos que supone utilizar nuevas estrategias de prevención o nuevas formas de aproximación en lo que se refiere al diálogo con los jóvenes.
El primer riesgo importante sería la incorporación acrítica de las posiciones de los jóvenes con el consiguiente reforzamiento de sus posturas. Es decir, que en el intento de acercarnos a su postura, incorporemos su manera de ver el mundo sin someterlo a crítica y lleguemos a modelar sus actuaciones y creencias. Las estrategias no deben consistir en asumir el discurso del joven, pero sí en consensuar los canales de comunicación, los instrumentos y el lenguaje que utilicemos con ellos.
Como segundo riesgo, sería que la necesidad de dialogar con ellos nos lleve a renunciar a la transmisión de conceptos fundamentales. Hay elementos claves que tenemos el deber de contar. Hay que transmitir información que sea creíble y no podemos renunciar en ningún caso a la transmisión de conceptos fundamentales. El establecimiento de límites claros e innegociables se convierte en prioritario.
Finalmente, como tercer riesgo, destacar que esa misma necesidad de comunicación y diálogo no nos haga entrar en conflicto con las formas tradicionales de hacer prevención que hemos estado utilizando hasta ahora. Tenemos que buscar un equilibrio; ir readaptando las estrategias a estas nuevas necesidades y estos cambios tan rápidos en las pautas de consumo. Por lo tanto, el equilibrio es fundamental a la hora de establecer nuevas estrategias de prevención. Las estrategias que utilicemos tienen que estar matizadas metodológicamente teniendo en cuenta los riesgos descritos anteriormente. El matiz metodológico nos vendrá dado por la selección de los mediadores que utilicemos, los modelos de los que partamos y los instrumentos que vayamos a utilizar.
Desde la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción hemos estado reflexionando sobre las nuevas estrategias de acercamiento a la realidad de los jóvenes. A partir de esta reflexión, hemos puesto en marcha un programa de educación preventiva sobre los nuevos patrones de consumo de drogas en jóvenes de 16 a 18 años que intenta avanzar en la necesidad de construcción del diálogo con los jóvenes.
Los productos elaborados por los grupos de jóvenes a raíz del material entregado son el primer paso para el establecimiento del diálogo. Por medio de sus producciones se verá cuál es su realidad, cómo piensan acerca de estos temas fundamentales para la prevención del consumo de drogas y, a partir de ahí, empezar a avanzar un poco más en esa construcción del diálogo.
Las nuevas formas de prevención o las nuevas formas de aproximarnos a la realidad de los jóvenes para realizar una labor preventiva, nos debe llevar a reflexionar sobre la construcción del diálogo. Este objetivo prioritario supone, sin duda, una cierta complicidad con los jóvenes; un apuntarnos a su bando un poco más de lo que hemos hecho hasta ahora.
BIBLIOGRAFÍA
Aguinaga, J. y Comas, D. (1997). Cambios de hábito en el uso del tiempo. Madrid: Instituto de la Juventud y Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales.
Bobes, J., Lorenzo, P. y Sáiz, P. (1998). Éxtasis (MDMA): Un abordaje comprehensivo. Barcelona: Masson.
CEAPA (1998). Los padres y madres ante el consumo de alcohol de los jóvenes. Madrid: Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos.
Comas, D. (1994). Los jóvenes y el uso de drogas en la España de los años 90. Madrid: Instituto de la Juventud, Ministerio de Asuntos Sociales.
Cembranos, F., Montesinos, D. y Bustelo M. (1995). La animación sociocultural, una propuesta metodológica. Madrid: Popular.
Elzo, J. (1998). "Los adolescentes y sus valores en la sociedad española actual." Proyecto Hombre (25).
Gamella, J., Álvarez, A. (1997). Drogas de síntesis en España: Patrones y tendencias de adquisición y consumo. Madrid: Plan Nacional sobre Drogas.
Plan Nacional sobre Drogas (1997). Encuesta sobre drogas a la población escolar. Madrid: Plan Nacional sobre Drogas.
Varios autores (1997). "El fenómeno social de las drogodependencias." Revista de Estudios de Juventud
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